Humildad, discreción, complicidad con el comensal, conocimiento y sensibilidad son algunas de las virtudes que destacamos en este decálogo de la sumillería bien entendida.
Aún cuando en las últimas dos décadas la sumillería española ha dado pasos de gigante, los profesionales que se ocupan del vino en los restaurantes aún deben bregar a diario con la suspicacia que su labor inspira en muchos comensales.
Incluso los mejores sumilleres de este país –aquellos que trabajan en beneficio del comensal y promueven la cultura del vino– saben bien que para entrar en confianza con el cliente tienen que romper primero con la idea tan extendida de que su propósito no es otro que endosar al sediento cliente el vino más caro de la carta. De allí que, cuando el señor –o la señora– del mandil negro entra en la escena, no faltan los que se ponen en guardia, aferrando con fuerza el arma que tengan a mano (habitualmente, el cuchillo que se encuentra a la derecha del plato).
Es verdad que muchos sumilleres se han ganado a pulso su mala fama, incumpliendo su objetivo esencial, que no es otro que recomendar al comensal el mejor vino para cada ocasión. Como también en esta profesión el hambre aprieta, no faltan los que completan su salario trabajando para alguna bodega o distribuidor del ramo, que les premia por colocar sus marcas sobre la mesa. Aún peor lo tienen aquellos que deben soportar las directrices del mandamás del restaurante, que les urge a sacarse de encima esos «vinos tan caros y que nadie quiere» sin reparar en gustos y bolsillos.
Por desgracia, tampoco falta en el oficio el sumiller altivo que, por pura malicia, se dedica a humillar al
comensal, dejando en evidencia su incultura vinícola.
Para contribuir al reconocimiento del buen sumiller (y neutralizar al malintencionado), apuntamos aquí las diez cualidades que distinguen a los que ejercen esta profesión con buen tino, pasión y responsabilidad:
1- Humildad ante todo.