¿Existen realmente tantos aromas en una elaboración? ¿Puede un mosto fermentado recordarnos, por ejemplo, a la citronela? y, si es así: ¿cómo?, ¿cuál es el factor que lo explica?
Seguro que a ustedes también les ha pasado. Los ojos bien abiertos, las cejas curvas, preguntonas, y la boca cerrada –para no meter la pata– pero incrédula ante quien pareciera poder inventariar medio jardín botánico tras un sorbo de lo que, a todas luces, a ustedes les parece que huele y es, en efecto, vino.

Flores blancas, violetas, cítricos... pero también vainilla, caramelo o maracuyá y hasta cuero y tabaco. Por llamativo que nos pueda resultar a los paganos, lo cierto es que el ejercicio con el que sumilleres, enólogos y otros profesionales del sector citan en cata aromas de las más diversas naturalezas no responde –o no suele responder– a la postura o la invención.

El champagne es imprescindible en Navidad.



